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Escena de lectura- Fideos con tuco

Mis papás se divorciaron a mis siete años y mi padre, al irse repentinamente de mi casa, fue a parar al taller de mi abuela, que era pintora. Se instaló en un cuarto improvisado y los primeros meses durmió en un sillón-cama que había ahí. Durante el día, cuando se iba a trabajar, llegaba mi abuela al taller a trabajar, y cuando ella regresaba a su casa a la tarde, mi papá volvía al taller; y así coordinaban los horarios perfectamente casi sin cruzarse. Era un departamento en un edificio antiguo. Por dentro era como una típica casa chorizo: un pasillo largo descubierto, y a los costados varias habitaciones. Las pocas noches de la semana que yo pasaba allí, para ir al baño tenía que cruzar el pasillo descubierto, y como no tenía ojotas ahí, iba descalza, cosa que en invierno era un gran sacrificio. El dilema que siempre tenía a la madrugada, cuando me despertaba con ganas de ir al baño, era entre ir al baño pero congelarme los pies, o aguantarme las ganas pero quedándome calentita en la

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